LA VISITA
LA VISITA
Aquel manso atardecer en León, en lo rural de León, saliendo a la plazuela de chorros congelados y luego volviendo al dominó sobre la mesa del bar más antiguo de un pueblo pequeño y sano como una almendra, un hombre nacido a miles de kilómetros, dijo descubrir en esos momentos el verdadero sentido de la vida del hombre. Los jugadores le oyeron y, después, previa estrategia, le mataron en la trastienda.
Cuentan algunos testigos de los hechos, que todo era paz y sencilla belleza en los viejos jugadores del dominó con un poco de vino -agridulce y caramelo- natural; y que cuando el bienvenido extranjero expuso su descubrimiento, el rictus de los asesinos pareció entonces el de un cadáver.
Poco después murieron presos los tres homicidas. La muerte fue por enfermedad.
El único que recuerda todavía, cuarenta años después, el extraño suceso se llama Santiago Costa y su edad es de cincuenta y dos años.
Así comenzó Santiago Costa la conferencia para la que había sido invitado, en San Marcos, dentro de la sala mayor del Parador de la capital de León.
Al dictar su discurso sin papeles indicó el pueblo: Zarril; pueblo al que dijo no haber vuelto desde el entierro del extranjero. Se acreditó como pensador dedicado solo a un camino de investigación a lo largo de toda su vida desde el día de los hechos. Acreditó entonces su–inmejorable por buena- salud mental. Y prosiguió recordando el bello atardecer que inflaba de gozo al extranjero, quien no podía parar quieto, de su mirada del silencioso y frío atardecer desde la plazuela, hasta su cigarrillo en el río inmediato, para volver una y otra vez a su turno en la partida de dominó con viejos rudos y encantadores en un teatro vetusto hecho bar, donde todo recordaba al pasado bello, denso, con olores y colores que más bien eran símbolos estéticos, donde el el humo de tabaco se armonizaba con la neblina interna de la diferencia de grados de frío y de alcohol saludable y noble, hasta convertir la báscula de la posada y las sencillas longanizas encima de los barriles inabarcables en un todo estético, donde las etiquetas de los licores del tabernero (siempre adecentado con un pañuelo-falda de un blanco intocable) se leían como pintadas en una intersección entre el pastel y la acuarela (Licor 43; Bobadilla; Cointreau; y, entre otras muchas, dos botellas sin empezar de Calisay, viejas y recubiertas de telas parecidas a a las de una araña). ¿Cómo fue posible que todo aquello que se amortiguaba serenamente y con la autoridad de lo bello se convirtiera en un parricidio con dos ayudantes también de la familia? (la víctima era hijo y sobrino de sus verdugos, y era la primera vez que entusiasmado había vuelto a su pueblo natal, donde llevaba ya cinco días, a mesa y mantel con lo mejor, y rodeado de un cariño unánime, especialmente por los que más frecuentaba, sus asesinos. Su nombre era Juan, el extranjero; su nombre fue Juan Gallego Iglesias.
El Profesor Titular en Filosofía del Lenguaje en la Universidad de Oviedo, Santiago Costa proseguía con la conferencia: la víctima dejó mujer y dos hijas menores. Las tres siguen viviendo en Zarril. Con las tres comunico cada semana. Siguen sin adivinar lo que pasó en aquellos treinta minutos, donde todo cambió solo por una frase; pues desde su pronunciación hasta el fallecimiento –aseguraba el hablador que no hubo tiempo de transformación suficiente, pero tampoco fue un impulso inmediato. El bar estaba lleno. Nadie vio nada salvo el que ahora impartía para una audiencia de cincuenta y ocho religiosos, algunos de ellos venidos de Roma.
El asunto, gracias a Santiago Costa, considerado por el poder intelectual de una parte de la Iglesia, como el único filósofo del segundo milenio, aquel asunto que relatamos se había convertido en una cuestión acerca de los límites del concepto del mal como algo parecido a una visita que puede tener el hombre más bondadoso del mundo; algo que los más técnicos (todos ellos del Opus Dei o jesuitas) consideraban un claro caso de invasión una trina del mal, a modo de imitación del bien católico. Fue por ello por lo que fue convocado en diversas ocasiones el filósofo Costa –quien declinó hasta la última- pues se le rogaba que acudiera, en vista de sus publicaciones, en calidad socrática: no olvide usted, decían las misivas de la autoridad religioso, no olvide usted que el padre del conocimiento filosófico, el clarividente Sócrates se autodefinía como un exorcista. También esto lo incluyo el discurso en el Parador de San Marcos, pero insistió, que no podía llamársele exorcista, pues no pudo salvar a los autores del crimen ni a la víctima, si bien la autoridad, a la que ahora se dirigía, justificaba ese apelativo en tanto nadie más de las decenas de testigos del bar fueron capaces de mirar al mal, solo el adolescente Santiago. Nadie más siguió los pasos –a distancia- del mal. Nadie vio como mataban a Gallego en la trastienda salvo Santiago. Por tanto Santiago fue el único que no pudo ser persuadido por el mal; fue el único que no temió al mal. Sigue sin temerle; y es por ello que los clérigos aseguraban que el verdadero concepto actualizado de exorcismo consistía en ello; el verdadero exorcismo no era ya el del siglo pasado, sino que suponía concretamente la ausencia de miedo, que era lo mismo que decir, en palabras del filósofo medieval San Agustín, la ausencia de mal. Solo aquel que no tuviera mal no podría ser contagiado por las artes del mal. Y el mal se fugaría. El poseedor maligno solo quiere conquistar al testigo que se presenta ante el poseído. Si no lo consigue, huye del testigo (valeroso: elegante: bello) y, así deja también al pobre poseído. La autoridad que el testigo le impone es su belleza, de la que al enamorarse la bestia, debe huir del lugar de los hechos, pues su acción en esos momentos es repugnantemente horrible. En ese momento del turno de preguntas, fue el conferenciante quien aplaudió a Martin Hass, un jesuita alemán.
Pero en la parte álgida del discurso, donde el hablador sabía que la audiencia se conmovería; tal vez a mitad del tiempo de la lección -que transcurrió en cincuenta y cinco minutos exactos, tal como había previsto el pensador, con reloj desabrochado y colocado encima del atril (ancho y viejo, de caoba bendecida en algún lugar santo de León)- fue cuando cerró los ojos y con rotundidad reafirmó que la variación de las neuronas de la bondad a la maldad, impedirían ni un minuto más de sujeción del caos en todo el universo. Ello era falso de por sí. La transformación se produjo a causa del Visitante; aquel que visitó en un instante y para siempre a los tres buenos ancianos del lugar. Yo lo único que hice fue rezar; por ello no fueron después, escopeta en mano, a dar muerte a las dos menores. El cadáver presentaba la suma de todos los cartuchos: quince. Los del bar no oyeron ninguno. Yo quedé sordo y recé. Recé por primera vez. Recé después de los tres primeros golpes de fuego. Los viejos salieron de la trastienda con escopeta en mano, por la puerta de atrás del viejo teatro, sin pasar por la sala del bar; y yo sé que fingieron no verme. Yo rezaba pero nunca tuve miedo; parecía que nada podía hacer ni hacerme. Solo oí a unos diez metros, cuando montaron dos en un mulo y el padre en otro, que decían algo así como que de las fuentes podridas habían nacido las niñas. Yo seguí rezando. La Guardia Civil les detuvo en la propia puerta del lugar donde las niñas dormían. Deben leer Los Hermanos Karamazov, de Dostoievsky. Los viejos parricidas recibieron una visita ante la luz de aquel atardecer; las niñas se salvaron porque yo recé. Luego supe que recé por ellas, pues ya no oía el ruido de las herraduras sobre el camino “romano” y me vi todavía rezando. En ese momento el auditorio aplaudió con todas sus fuerzas las palabras del líder, aunque este no perteneciera a su Iglesia. Era un Enero de 2012. Creo que el Visitante ya sabía que estaría esperándole la Benemérita en la puerta de las hijas. Solo fue una forma de salir con elegancia ante mi belleza espiritual.
Prosiguió para terminar el monólogo, antes de conceder el turno de preguntas. Confirmó que el problema de los viejos que actuaron, y del viejo conocimiento falso, consiste en querer enfrentarse al mal, en vez de superarlo. Enfrentarse al mal es lo mismo que una de las características del mal. Enfrentarse es tener miedo. Mirarle de cerca sin miedo alguno es superarle. El mal puede ser el mal o el bien: si le superas, ha sido una herramienta del bien. Si te enfrentas te engulle, pues ya eres el mal. Y terminó el discurso con esta pregunta: ¿puede alguien salirse ya del mal?. Para ello les ruego, Eminencias, que reflexionen lo contrario: ¿puede la esencia del bien caer en el mal?. Todos aplaudieron, todos fervorosamente; menos uno. Solo el filósofo lo reconoció.